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sábado, octubre 15, 2011 2 comentarios

El amor perjudica seriamente la salud

Los hijos, cuando los pierdes por la sola y absurda razón de ser hombre, por el pecado de tener un colgajo entre las piernas, hecho biológico que, ante la ley española, te convierte en progenitor de segunda división _manda huevos_, vulnerando el derecho fundamental a la igualdad que recoge la Constitución sin que a nadie se le ocurra alzar una ceja para mostrar su repulsa, son peores que la nicotina. Se convierten en una adicción. Un gusto que flipas cuando los tienes contigo, pero con efectos muy perjudiciales para la salud, porque pueden ser causa de enfermedades cardiovasculares cuando te faltan, provocar angustia y problemas respiratorios graves y, finalmente, dar lugar a idas de olla y delirios varios de consecuencias impredecibles.

A los hijos habría que prohibírselos directamente a los padres divorciados, abstinencia total, y no permitir, bajo ningún concepto, que los despachen en los estancos del divorcio, porque si no te mata directamente amarlos, lo probable es que acaba contigo alguna ex, cuyo consumo, en cualquier cantidad, por pequeña que sea, está absolutamente desaconsejado: las ex son, por definición, una madres tan cojonudas, tan perfectas, que la simple contemplación de su divina santidad puede, de un infarto de caballo, mandarte a tocar la lira al más allá. Así de peliagudo es el asunto, damos y caballeras.

Yo doy fe de que la citada adicción a la sustancia filial, la peligrosísima filicotina, es la más daniña _¡dónde va a parar!_ de todas las drogas conocidas, ya que durante los tres años siguientes a mi separación matrimonial, tiempo en que los disfruté la mayor parte del tiempo, cuanto más los veía, más deseaba verlos, como si me hubiesen poseído, y con que sólo transcurriesen tres días sin verlos, el mono de la dependencia era tan fuerte, tan doloroso, que sentía írseme la vida por las alcantarillas.

No era capaz de razonar que aquello era un exceso. Que aquellos hijos, siendo míos, no lo eran en absoluto, porque la ley, la señora de la venda en los ojos, me consideraba padre completo para las obligaciones, cuarto y mitad de padre, apenas el tío-visitas para todo lo demás. De aquel estado de enloquecida adicción me sacó la cruda realidad de que, la progenitora de las criaturas, con las mejores intenciones, como todo el mundo, decidió mudarse con ellos al quinto pino por razones laborales, a más de setecientos kilómetros de donde estaba no quien pare y decide, sino el prescindible que puso el semen, dejándome hecho una mierda y con un mono de mis hijos tan descomunal que parecía King Kong.

En esos momentos, te das cuenta de la mierda que vale un padre divorciado y comprendes, de forma brusca y muy dolorosa, que lo de la patria potestad compartida es un cuento chino más de la justicia, porque lo que es en mi caso ni en ese momento, ni en ningún otro, tomé yo partido en decisiones esenciales de la vida de mis hijos. Un cero a la izquierda total.

Para más jodienda, a la nada y la carcoma que deja en tu alma la ausencia prolongada de los hijos, tuve que sumar, como si fuese yo el que hubiese decidido que se fuesen a vivir a la estratosfera _¡manda huevos, de nuevo!_, las correspondientes acusaciones de que era yo, que dada mi precaria situación económica apenas podía ir en bus hasta la esquina, mucho menos pagarme viajes regulares (y hoteles para estar con ellos) hasta el dichoso quinto pinto donde me los llevaron, el pésimo padre que tenía abandonados a sus hijos.

Lo dicho: Tener hijos tiene efectos muy perjudiciales, pero que muy perjudiciales, para la salud.

Y amarlos, ya ni te cuento.
viernes, octubre 14, 2011 0 comentarios

En busca de la felicidad

Para que nadie se confunda y piense que este blog lo está escribiendo Santa María Goretti desde el más allá, que Dios la tenga en su gloria, admito, aquí y ahora, antes de que se me confunda con un mirlo blanco, que, como padre, no soy ni el mejor ni el peor, sino un papá del montón. Criticable, puestos a hacer sangre _ese deporte tan del gusto de los humanos de lapidar al prójimo por sentirse superior a él_, desde las cualidades que se le suponen a un padre comme il faut, a un progenitor de la vieja escuela, soy, he de admitirlo, una nulidad integral. Ninguna de esas cualidades me adornan. Ninguna virtud clásica me salva.

Ni tengo los cojones como dos camiones para darles el nivel de vida que cualquier padre sueña ofrecer a sus hijos, ni he sabido _hasta la fecha_ recuperarme de un monumental batacazo laboral que tuve hace tiempo, momento en que, tras años de bonanza y de papá noeles cargados hasta los topes, caí desde el altar de papá razonablemente adinerado, pues mi profesión de entonces daba para algo más que lo estrictamente impresindible, al pozo de la miserable lucha por la subistencia, trance en el que, a mi pesar y por desgracia para ellos, todavía me hallo.

Soy, si queréis verlo así, un papá económicamente enjuto y escuchumizado, una poquita cosa monetaria, una hucha permanentemente vacía, una posibilidad de ir al cine, de volar a Disneylandia, que se hace tristísima quimera, y una cartera mendicante que _con generosísima ayuda periódica de mis propios padres y abuelos de las criaturas, esos sí que valen_ a duras penas consigue juntar, euro a euro, la "mierda de pensión" de la que ya os hablé.

Dicho en plata: Soy el papá divorciado que puedo; casi nunca el que quiero. Mi único consuelo al hecho de ser tan mal padre lo constituye no el hecho diferencial de mi pobreza, a un milisegundo casi siempre de la indigencia, sino el hecho de transmitirles mi singular forma de ver la vida, como el escenario perfecto, más allá de cualquier apariencia, para que ellos sean felices no supeditándolo a tener esto o aquello, a parecer más o menos que aquél, a competir para ser los primeros y más cabrones _léase darwinianamente más "aptos"_, sino siendo, sencillamente, ellos mismos.

Como padre y como hombre, me importa un soberano pimiento lo que lleguen a ser o hacer desde lo que la sociedad espera. Los amaré sean superabogados o humildes albañiles. No pretendo que sean los más altos, los más guapos, los más narcisos. Me importa sólo que hagan lo que aman y que amen lo que hacen. Que elijan lo que elijan, les haga sentirse bien. Que les dibuje en el rostro una sonrisa, despreciada e incomprendida por todos, sin motivo aparente.

Y por eso les digo que la magia existe y les reitero hasta el hastío, pobrecitos míos, que son únicos, irrepetibles, tan bellos por dento como el que más, tan valiosos como cualquiera, pero nunca más ni mejores que nadie. Y les invito, cada vez, a no seguir como borregos lo que dicen las mayorías que está o bien o mal. Les deseo que piensen por sí mismos. Que se atrevan a equivocarse. A encontrar su propio camino, nunca desde la cabeza, siempre desde el corazón. Y les pido que no juzquen, porque ellos son aquél al que juzgan, y que tampoco permitan nunca que nadie les juzgue, que les diga que son menos, que les aparte de sus sueños os les haga desistir de ir En busca de la felicidad.

Ésa es mi única y empobrecida herencia. Mi pírrica riqueza para ellos. Mi legado de padre divorciado.

Pero, como no soy santa María Goretti, un papá con caché, pedigree y guante blanco, no me engaño en absoluto:

En este mundo maravilloso, un padre divorciado vale, exactamente, lo que dice su cartera.

 
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