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martes, octubre 18, 2011 0 comentarios

El año que vivimos peligrosamente

El año posterior a mi separación matrimonial fue el año de estar la mayor parte del tiempo con mis hijos. El necesario para que cicatrizase la profunda herida de perderlos, para recuperarme, en parte, del trauma de no haberlos visto durantes tres meses o, lo que es lo mismo, tres eternidades que pasé en el infierno más oscuro de mí mismo. Y fue también, para ellos, pero sobre todo para mí, el año de los grandes aprendizajes de esta existencia, de darle importancia a lo esencial, de quitársela a todo lo superfluo.

Recuerdo ese año como uno de los más felices de mi vida, uno de los más plenos y gozosos a pesar de sobrevivir en el umbral mismo de la indigencia. Fuimos dichosos con casi nada. Alegría en medio de la necesidad acuciante y nos amamos como se aman los animales, voraz y salvajemente. Por puro instinto. Aquel fue el año de dejar de ser yo padre convencional y ellos, hijos de catálogo, ya que nos convertimos en una santísima trinidad de risas y aventuras compartidas, en un mismo ser que compartía lo poco o nada que tenía, que gozaba de cada segundo como si fuese el primero, como si, en cualquier momento, pudiese ser el último.

En la casa de los pitufos donde vivíamos no existía nada parecido al tiempo, ni era república o democracia nuestro hogar, sencillamente porque no había gran cosa que votar o elegir, salvo ir al parque de al lado de casa, o a cualquier otro, porque eran gratis y para sentirnos, entre juegos, libres del asedio de los bancos, del cerco pertinaz de mis acreedores, y olvidarnos del mundo y sus intrigas. Sólo existía el ahora, porque pensar en lo negro del futuro era sentenciar a muerte el momento. Y eso sí que no.

Por primera vez en mi vida consciente, la única elección posible fue vivir.

Y a pesar de que los poco más de cien euros de paro que me quedaban libres cada mes, una vez pagados el alquiler, los recibos y su pensión, me las ingenié para trabajar en plan comercial freelance para una multinacional, sin cárcel de oficina ni condena de horario, con lo que saqué lo justo para detener las agujas del reloj y comprar el momento, una gota de paz interior en el océano de mi procelosa vida. Ésa fue mi cura de padre malherido y el regalo de mi alma para mis hijos.

Contra todo pronóstico, el que debía ser El año que vivimos peligrosamente, donde tuve tantas veces que tragárme las lágrimas para que no me vieran llorando, que engullir, a escondidas, cientos de bocadillos de mortadela para que ellos comiesen en plato caliente y de forma digna, para que hubiese dinero con que adornar la desangelada nevera con leche y algún yogur, se convirtió, por actitud, porque aptitudes no se me conocen, en el año que descubrimos que la felicidad con mayúsculas reside en la absoluta simplicidad.

Fue el año que descubrimos el valor de las cosas pequeñas. El secreto de la riqueza más grande del mundo, cuantificada en apenas tres palabras:

Amar, Vivir, Gozar.

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Los gritos del silencio

Una de las primeras cosas que suelen sucederle al padre divorciado es que, nada más poner un pie fuera del nido en busca de cielos nuevos, menos suicidas y monótonos, el teléfono móvil suena como un loco durantes unos días, amenaza va, amenaza viene, y después, como si le hubiese partido un rayo, deja fulminantemente de sonar durante una buena temporada. Se hace entonces un silencio ensordecedor a tu alrededor, un dedo acusador, mudo e invisible, que te señala desde la distancia y te recuerda, cada día, que los puentes todos, entre tú y la realidad, entre tú y todo lo que algún día fuiste, se han ido definitivamente a la mierda.

Y dejas de tener una dirección de referencia, un lugar al que llamar afectivamente tuyo, un ataúd de cartón donde caerte muerto, una identidad que te rescate del limbo de los don nadie. Y dejas de tener, por supuesto, nombre propio y apellidos, para entrar en la categoría de "ex", que con apenas dos letras bastan y sobran para denominar lo irrelevante, al mismísimo hombre invisible. Vamos, que vienen a verte mayormente tus fantasmas, que como hay parentesco en primer grado no cuentan, y lo que es por teléfono, no te llama ni Dios.

Claro que, para suplir las llamadas sonoras, están los puñeteros mensajes, pi, piiii, _los que los finos llaman sms_ que, regularmente, llegan a tu móvil con textos de esos en plan guerra psicológica, todo dulzura, palabras bonitas y cosas así, que te ponen a parir y te recuerdan lo cabrón que eres a todas horas y lo mal padre que, hagas lo que hagas, eres y serás a perpetuidad. Mira tú qué bien.

Finalmente, cuando llevas ya un tiempo viéndolo todo negro y sin blanca, en números rojos desde principios de mes, el joputa del móvil resucita cual Lázaro y se pone a sonar de nuevo a todas horas, incluidas las intempestivas, porque los acreedores de todo tipo y, sobre todo, los usureros de los bancos, que son los únicos que quieren a los padres divorciados, un amor brutal, empiezan a freírte a llamaditas, a ponerte la cabeza como un bombo y el corazón en un puño, amenazándote con esto y con aquello ("Sabrá usted que si no paga lo debido...") para tratar de cobrar los recibos impagados que, muy a tu pesar, van haciendo de ti un cadáver financiero y judicial. Ya veis qué plan.

En resumiendo, que al padre divorciado, el señor don, devenido en ex, recibe, casi en exclusiva, llamadas amenazantes, intimidadoras, ofensivas, vejatorias, con ánimo de joderte bien jodido y de exprimirte como un limón. Para sacarte la pasta que tienes, y la que no tienes también, todo el mundo anda raudo y todo vale. El fin justifica la extorsión.

No es en consecuencia extraño que el padre divorciado prefiera Los gritos del silencio. Que desee, con toda su alma, que no se le vea y no oír nada. Que se olviden de él y le dejen por fin tranquilo, siendo un ex en toda la extensión de la palabra. Un recuerdo. Un fantasma en los campos de la muerte. Un rostro que se desdibuja en la distancia.

Un mal recuerdo, nada más.
lunes, octubre 17, 2011 0 comentarios

Con la muerte en los talones

La vida del padre separado es como una película de Hitchcock, toda ella puro suspense y emoción, yupi, yupi... Tras quedarme en la calle, con la tarjetas de crédito bloqueadas, sin acceso a mis cuentas bancarias y, de paso, sin poder tocar los menos del mil euros que cobraba en concepto de paro cada mes, ya que, por desgracia para mí, me lo ingresaban en una de esas cuentas misteriosa y sorpresivamente perdidas, me vi en la puta calle, hecho un sin techo total y un pre-mendigo. Mi única no-posesión era el coche que, como ya intuía, no era mío, sino para uso y disfrute de mis hijos, junto con la casa y todo lo demás. Cosa que, dicho sea de paso, me pareció perfecta.

Lo que no me lo pareció tanto fue el repentino castigo que estaba recibiendo, absolutamente desproporcionado, a mi entender. Vale que yo haya sido un mal marido, un tipejo que cogió los bártulos y se fue, pero de ahí a condenarme a la indigencia, hay un trecho. No sé cómo uno llega a sentirse tan superior, tan en su derecho, tan cargado de razones para, deliberadamente, despojar a otro ser humano de lo imprescindible, al punto de colocarlo al borde de un peligroso precipicio.

Reconozco que me sentí C0n la muerte en los talones en aquellos días, un perro callejero más, apaleado y receloso al extremo del género humano _Homo homini cabronis_, entrando en una paradójica espiral de profundo asco por el dinero _al comprobar, en mi persona, las ignominias y saqueos que podían llegar a hacerse por tenerlo, con las más nobles intenciones, eso sí..._ y de necesidad absoluta de él, ya que, en la catacumbas de mi huérfana cartera no quedaba ni para pagarme una pernocta en la pensión más cutre que se pueda imaginar.

Tuve que dormir, al menos una noche, dentro del coche, no sin antes haber dado cuarenta vueltas en el intento de hallar un lugar seguro y discreto para hacerlo en la calle, porque, justo es decirlo, tocado en lo más profundo por la pesadilla que estaba viviendo, me entró un miedo del carajo, casi paranoide, porque a mi mente, que iba de hito en hito y no lograba digerir lo que estaba sucediendo, le dio por pensar que el mundo entero de havía vuelto loco y contra mí, que había llegado el fin de los días _al menos de los míos, sí_ y que el mundo se había poblado de demonios, dispuestos a acabar con el último y mayor gilipollas vivo, o sea, yo.

Acojonado hasta lo inconfesable, metí el coche en un parking de pago y me acurruqué en las profundidades de los asientos para dormitar unas horas y no ser detectado por el ángel exterminador. A la a mañana siguiente, gasté cinco euros que ya no tenía en abrir una cuenta en otro banco, para que el INEM me ingresase el paro fuera de la codicia ajena. Y me fui, acorbadado y con el rabo entre las piernas, a casa de una gran amiga _la única en aquellos tiempos tristísimos_, la misma que, por razones de ésas aparentemente kafkianas que después resultan tener sentido, compartió conmigo los días previos y posteriores a mi infernal separación. Dos proscritos que juntó la necesidad, pues ella huía de una relación de malos tratos y yo huía del esperpento de mí mismo como marido. Nos ayudamos mutuamente. Le di cobijo y me lo devolvió por centuplicado, cosa que, como suele suceder, desde fuera se interpretó como vicio y fornicio, con lo que la versión oficial es que yo me había fugado de mi ex casa con una pelandusca...

Parece imposible, pero sucedió así. Lo juro por Hitchcock.

Cualquier parecido con la ficción es mera coincidencia.
sábado, octubre 15, 2011 0 comentarios

Dispara a matar

El divorcio, para el que nadie te prepara, te pone, de la noche a la mañana, en unas escenas límite e inesperadas que pondrían la piel de gallina al mismísimo Robinson Crusoe.

Yo, sin ir más lejos, que parece que soy tonto del culo y no las veo venir, poco después de cerrar la puerta de mi matrimonio tras de mí, me vi con el agua al cuello de manera fulminante. Y es que, con apenas unos pocos euros en el bolsillo, una maleta con algo de ropa, otra más con unos cuantos libros, cogí las de Villadiego _inconsciente de mí_ sin haber tomado las mínimas precauciones necesarias para garantizar, al menos durante un breve período de tiempo, mi supervivencia.

Ése _que no el único_ fue un error mayúsculo, pues en un santiamén me vi, con cara de bobo, delante de un cajero para sacar algo de pasta de la cuenta hasta la fecha común, sin atinar a entender por qué cojones el puto cajero acababa de tragarse mi Visa nada más la inserté en la ranura correspondiente, tratándome como si fuese un chorizo que intentaba de sacar, con alevosía y premeditación, dinero ajeno con una tarjeta de crédito recién robada.

El misterio de la tarjeta desaparecida no empezó a dilucidarse hasta el día siguiente cuando, puesto en contacto con mi banco para denunciar al cajero automático que me la había birlado ante mis propias narices, me encontré con la papeleta de que no sólo había perdido mi tarjeta para siempre, sino que, para rematar la faena, tampoco tenía _pese a ser cotitular_ acceso a ninguna de mis cuentas bancarias.

En efecto, como muy bien habéis adivinado (cosa que no hice yo), la otra cotitular de esas mismas cuentas _hasta ayer mismo pichoncita mía_ no tuvo mejor ocurrencia que la de desactivar mis tarjetas todas, impedirme el acceso a todas mis cuentas y, para acabar de joderme por completo, montar en la oficina bancaria _antes común y desde ese momento, sólo de ella_ semejante pollo de colores que, acojonados perdidos, los del banco se dejaron convencer _delinquiendo como bellacos, qué os voy a contar..._ de que debía ser eliminado como titular de una cuenta donde guardábamos varios miles de euros para caso de apuro.

Obviamente, tras mandar a la mierda mi presunción de inocencia (si me hubiese querido ir con la pasta, no habría salido de casa con lo puesto...), se me aplicó la ley del forajido, dispara a matar, porque la razón de aquella felonía, de aquella bajeza y puñalada trapera, no había que buscarla en el joderme a mí vivo, no, ¡qué mal pensado soy!, sino en "proteger el dinero de los niños", nuevos titulares, al parecer, de los fondos íntegros que _en la parte que le correspondía_ ganó su padre con sudor.

En definitiva, que en cuanto empiezas a oler a padre divorciado, los demás te la clavan por el culo sin vaselina y, lejos de admitir que el odio es tan ciego como la justicia, lejos de caérseles la cara de vergüenza, justifican sus actos en un por si acaso y amparados en que el sospechoso _vaya usted a saber por qué_ de querer clavársela a los demás, a traición, con nocturnidad y alevosía, eres tú.

Tócate los cojones, Manolín.
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El amor perjudica seriamente la salud

Los hijos, cuando los pierdes por la sola y absurda razón de ser hombre, por el pecado de tener un colgajo entre las piernas, hecho biológico que, ante la ley española, te convierte en progenitor de segunda división _manda huevos_, vulnerando el derecho fundamental a la igualdad que recoge la Constitución sin que a nadie se le ocurra alzar una ceja para mostrar su repulsa, son peores que la nicotina. Se convierten en una adicción. Un gusto que flipas cuando los tienes contigo, pero con efectos muy perjudiciales para la salud, porque pueden ser causa de enfermedades cardiovasculares cuando te faltan, provocar angustia y problemas respiratorios graves y, finalmente, dar lugar a idas de olla y delirios varios de consecuencias impredecibles.

A los hijos habría que prohibírselos directamente a los padres divorciados, abstinencia total, y no permitir, bajo ningún concepto, que los despachen en los estancos del divorcio, porque si no te mata directamente amarlos, lo probable es que acaba contigo alguna ex, cuyo consumo, en cualquier cantidad, por pequeña que sea, está absolutamente desaconsejado: las ex son, por definición, una madres tan cojonudas, tan perfectas, que la simple contemplación de su divina santidad puede, de un infarto de caballo, mandarte a tocar la lira al más allá. Así de peliagudo es el asunto, damos y caballeras.

Yo doy fe de que la citada adicción a la sustancia filial, la peligrosísima filicotina, es la más daniña _¡dónde va a parar!_ de todas las drogas conocidas, ya que durante los tres años siguientes a mi separación matrimonial, tiempo en que los disfruté la mayor parte del tiempo, cuanto más los veía, más deseaba verlos, como si me hubiesen poseído, y con que sólo transcurriesen tres días sin verlos, el mono de la dependencia era tan fuerte, tan doloroso, que sentía írseme la vida por las alcantarillas.

No era capaz de razonar que aquello era un exceso. Que aquellos hijos, siendo míos, no lo eran en absoluto, porque la ley, la señora de la venda en los ojos, me consideraba padre completo para las obligaciones, cuarto y mitad de padre, apenas el tío-visitas para todo lo demás. De aquel estado de enloquecida adicción me sacó la cruda realidad de que, la progenitora de las criaturas, con las mejores intenciones, como todo el mundo, decidió mudarse con ellos al quinto pino por razones laborales, a más de setecientos kilómetros de donde estaba no quien pare y decide, sino el prescindible que puso el semen, dejándome hecho una mierda y con un mono de mis hijos tan descomunal que parecía King Kong.

En esos momentos, te das cuenta de la mierda que vale un padre divorciado y comprendes, de forma brusca y muy dolorosa, que lo de la patria potestad compartida es un cuento chino más de la justicia, porque lo que es en mi caso ni en ese momento, ni en ningún otro, tomé yo partido en decisiones esenciales de la vida de mis hijos. Un cero a la izquierda total.

Para más jodienda, a la nada y la carcoma que deja en tu alma la ausencia prolongada de los hijos, tuve que sumar, como si fuese yo el que hubiese decidido que se fuesen a vivir a la estratosfera _¡manda huevos, de nuevo!_, las correspondientes acusaciones de que era yo, que dada mi precaria situación económica apenas podía ir en bus hasta la esquina, mucho menos pagarme viajes regulares (y hoteles para estar con ellos) hasta el dichoso quinto pinto donde me los llevaron, el pésimo padre que tenía abandonados a sus hijos.

Lo dicho: Tener hijos tiene efectos muy perjudiciales, pero que muy perjudiciales, para la salud.

Y amarlos, ya ni te cuento.
viernes, octubre 14, 2011 0 comentarios

Sospechosos habituales

Como de todo hay en la viña del Señor, aquellos padres divorciados para los que sus hijos son apenas un efecto, secundario e indeseado, de un polvo más en el camino, viven el divorcio como una liberación. Sus obligaciones paternas como papel mojado. Los vínculos, en absoluto emocionales, como un lastre que están deseosos de soltar. Y, de hecho, lo hacen, pues son muchos los que aplican, respecto a las famosas pensiones alimenticias, la política de pasando que es gerundio, y con relación a mantener contacto afectivo con sus hijos, la injustificable desvergüenza del "si te he visto, no me acuerdo".

Son esos padres que, por numerosos, más cuanto más atrás vayamos en ese tiempo de 25 años que lleva vigente la ley del divorcio, han llegado a formar un estereotipo en el imaginario colectivo, falazmente aplicado a todos los demás. En parte por la indeseable experiencia de ciertas madres, convenientemente difundida por los medios de comunicación _siempre atentos a confundir únicamente lo malo como noticiable_, en parte por intereses creados de otras tantas mujeres, que alimentan su leyenda de madres-coraje a costa de demonizar por defecto a los ex, ese estereotipo de padre cabrón, pasota y con pintas _ése es el prisma universalmente aceptado como válido_ desde el cual se nos mira a todos los demás.

Por mucho que existan los padres de "¿pero tú no tomabas la píldora?" y de "¿seguro que el hijo es mío?" _padres de los de afeitarse para arriba, en definitiva_, ser papá divorciado no es ningún chollo, os lo digo yo. Y no lo es por culpa de ese maldito estereotipo que nos convierte, a los padres divorciados en su conjunto, en Sospechosos habituales.

Os pongo unos ejemplos sencillos para ilustrar la aparente chorrada que digo... Como se nos supone lo peor de lo peor _Imaginaos... ¡Hombres, esos que son todos iguales!... ¡Esos que comen el pollo con los dedos y piensan con la polla, ¡¡puf!!!..._, cuando dices que no puedes es que no quieres; si nos das es no porque no tengas, sino porque, siendo cerdo y avaricioso, te lo guardas; si vas, "¿por qué no vienes?"; si vienes, "¿por qué no vas?"; si subes, "ya estás bajando ahora mismo"; si bajas, "sube de una puta vez"; si dices, es porque algo callas; si callas es que "tú nunca hablas"; si vas de frente, algo ocultas; si guardas la ropa para no hacer sangre, eres el típico cobarde que no se atreve a nadar... Y así hasta el infinito... y mucho más allá.

Nuestra mala fama es nuestra cruz. Es más fácil linchar moralmente a millones de padres divorciados que acabar con una sola idea, la de que somos la escoria de la tierra.

Y todo porque olvidamos, demasiado a menudo, las lecciones de la historia. Olvidamos a los excluidos por la tiranía de las mayorías. A los negros y a los gitanos. A los gays, lesbianas y transexuales. A los pobres de solemnidad y a los mendigos. A todos los que, en algún momento, son segregados y perseguidos por cualquier causa, por el simple hecho de ser diferentes.

Olvidamos que, por mucho que cien mil burros estén de acuerdo en algo, no deja de ser una mayúscula burrada.
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En busca de la felicidad

Para que nadie se confunda y piense que este blog lo está escribiendo Santa María Goretti desde el más allá, que Dios la tenga en su gloria, admito, aquí y ahora, antes de que se me confunda con un mirlo blanco, que, como padre, no soy ni el mejor ni el peor, sino un papá del montón. Criticable, puestos a hacer sangre _ese deporte tan del gusto de los humanos de lapidar al prójimo por sentirse superior a él_, desde las cualidades que se le suponen a un padre comme il faut, a un progenitor de la vieja escuela, soy, he de admitirlo, una nulidad integral. Ninguna de esas cualidades me adornan. Ninguna virtud clásica me salva.

Ni tengo los cojones como dos camiones para darles el nivel de vida que cualquier padre sueña ofrecer a sus hijos, ni he sabido _hasta la fecha_ recuperarme de un monumental batacazo laboral que tuve hace tiempo, momento en que, tras años de bonanza y de papá noeles cargados hasta los topes, caí desde el altar de papá razonablemente adinerado, pues mi profesión de entonces daba para algo más que lo estrictamente impresindible, al pozo de la miserable lucha por la subistencia, trance en el que, a mi pesar y por desgracia para ellos, todavía me hallo.

Soy, si queréis verlo así, un papá económicamente enjuto y escuchumizado, una poquita cosa monetaria, una hucha permanentemente vacía, una posibilidad de ir al cine, de volar a Disneylandia, que se hace tristísima quimera, y una cartera mendicante que _con generosísima ayuda periódica de mis propios padres y abuelos de las criaturas, esos sí que valen_ a duras penas consigue juntar, euro a euro, la "mierda de pensión" de la que ya os hablé.

Dicho en plata: Soy el papá divorciado que puedo; casi nunca el que quiero. Mi único consuelo al hecho de ser tan mal padre lo constituye no el hecho diferencial de mi pobreza, a un milisegundo casi siempre de la indigencia, sino el hecho de transmitirles mi singular forma de ver la vida, como el escenario perfecto, más allá de cualquier apariencia, para que ellos sean felices no supeditándolo a tener esto o aquello, a parecer más o menos que aquél, a competir para ser los primeros y más cabrones _léase darwinianamente más "aptos"_, sino siendo, sencillamente, ellos mismos.

Como padre y como hombre, me importa un soberano pimiento lo que lleguen a ser o hacer desde lo que la sociedad espera. Los amaré sean superabogados o humildes albañiles. No pretendo que sean los más altos, los más guapos, los más narcisos. Me importa sólo que hagan lo que aman y que amen lo que hacen. Que elijan lo que elijan, les haga sentirse bien. Que les dibuje en el rostro una sonrisa, despreciada e incomprendida por todos, sin motivo aparente.

Y por eso les digo que la magia existe y les reitero hasta el hastío, pobrecitos míos, que son únicos, irrepetibles, tan bellos por dento como el que más, tan valiosos como cualquiera, pero nunca más ni mejores que nadie. Y les invito, cada vez, a no seguir como borregos lo que dicen las mayorías que está o bien o mal. Les deseo que piensen por sí mismos. Que se atrevan a equivocarse. A encontrar su propio camino, nunca desde la cabeza, siempre desde el corazón. Y les pido que no juzquen, porque ellos son aquél al que juzgan, y que tampoco permitan nunca que nadie les juzgue, que les diga que son menos, que les aparte de sus sueños os les haga desistir de ir En busca de la felicidad.

Ésa es mi única y empobrecida herencia. Mi pírrica riqueza para ellos. Mi legado de padre divorciado.

Pero, como no soy santa María Goretti, un papá con caché, pedigree y guante blanco, no me engaño en absoluto:

En este mundo maravilloso, un padre divorciado vale, exactamente, lo que dice su cartera.

 
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