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jueves, octubre 13, 2011 0 comentarios

Por un puñado de dólares

Para demostrar científicamente, y sin ningún género de dudas, que el dichoso divorcio es río revuelto para ganancia de ex cónyuges carroñeros, ya sean femeninos o masculinos, que tanto da, y que las motivaciones económicas _vulgarmente conocidas como trincar la pasta_ son el quid de todo el asunto separacional, destaco un hecho paradójico de mi historia personal, la curiosa circunstancia de que si antes de firmar el acuerdo de separación no me fue permitido ver a mis hijos en tres meses, en los tres años siguientes a mi separación legal _yo aún pillé ese tiempo en que la ley te obligaba a un tiempo de reflexión por si decidías dar marcha atrás y renunciar al golpe de gracia del divorcio, una forma cualquiera de liar las cosas y cobrarte dos veces por la misma cosa_, los vi, a Dios gracias, hasta en la sopa.

Lo mío debe ser un caso digno de estudio, porque tanto marear la perdiz con negarme la custodia compartida para, al final, acabar ellos conviviendo conmigo en un minúsculo apartamento que conseguí alquilar a un precio que no nos matase de hambre más de la mitad de los días de muchas semanas, los fines de semana todos y todos puentes y fiestas de guardar. ¿Alguien lo entiende?... Primero, estaba yo loco y perturbado total y suponía un peligro mortal para ellos, según sesuda tesis defendida por la abogada de la otra parte para negarme el verlos, ni siquiera delante de testigos y la guardia civil apuntándome directamente a la cabeza. Después, una vez que, tras desistir de sacarme la pasta que no tenía y firmar por aburrimiento la separación, me convertí en padre y muy señor mío, de guardia permanente, de absoluto fiar, sí señor.

Eso sí, por mucho que yo tuviese que alquilar un garito con una habitación de más para ellos, como si viviesen a tiempo completo conmigo, y de verme en la tesitura y necesidad de subarrendar mi propia habitación y dormir en el sofá para sobrevivir ellos, yo y un perro que, como éramos pocos, nos parió la abuela de la necesidad, no hubo Cristo que a mí me librase de pagar la pensión de marras, la misma que, en boca ajena, es definida como "la pensión de mierda que pagas a tus hijos" (al leer esto último enfatícese todo lo posible la palabra "mierda").

Una pensión "de mierda" que, por esto o por vaya usted a saber por qué, por ser a fin de cuentas un incapaz y un cenizo laboral, a mí me ha costado un riñón y parte de otro, la vida misma pagar, pese a lo cual nunca ha dejado de pagarse. La misma pensión de mierda que, cuando me hice cargo de mis hijos más días y momentos que nadie, a mí nadie me pagó. La misma pensión "de mierda" que, al filo de los tres años de gracia y felicidad señalados, cuando me quedé con mis hijos unos meses _valiente imbécil_ para que su progenitora se los llevase a tomar por culo de mí mismo, supuestamente para darles un futuro mejor que yo, a mí nadie me pagó, más que, a lo sumo y a regañadientes, una parte de esa misma llamada "pensión de mierda", es decir, una "mierdecilla" de minipensión.

La misma "pensión de mierda", y con esto concluyo, que, a pesar de no ser, ni de coña, acorde con mis circunstancias personales y económicas (si la revisase un juez indocumentado, que no supiese sumar y restar, se vería en la necesidad, por simple sentido común, de recortarla hasta la ridiculez), de tarde en tarde se me sigue pasando por las narices, la misma con la que se me hacen trajes periódicos, la misma que me convierte en una "mierda de padre", en el peor ex que San Divorcio parió.

La misma, al fin, que, maldita sea mi estampa, me cuesta esta mierda de vida de divorciado cada mes. Por un puto puñado de dólares, mecagüentó.
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El lado oscuro del corazón

La sordidez del tinglado legal que rodea a todo lo que tenga que ver con un divorcio es un chiste y nada en comparación con el dolor indescriptible que acompaña a la ausencia repentina de los hijos. Ése sí que es el sufrimiento con mayúsculas, al menos que yo conozca. El divorcio es, en ese sentido, lo más cercano a la agonía, lo más parecido a la muerte. Pero no se trata de una muerte fulminante e indolora, esa jauja, sino de otra, más cabrona que ninguna, lenta y agónica, salpicada de paradas cardíacas cuando ellos dejan de estar, ojos que nos los ven corazón que sí siente _¡vaya si siente!..._, de las que sólo puede sacarte el electroshock de las puñeteras visitas.

La vida paterna del divorciado con hijos _¡perdón, sin ellos!..._ es forzosamente perjudicial para la salud, porque, a nivel emocional, se convierte en una enfermiza mezcla de montaña rusa y casa de los horrores, con caídas repentinas en el pozo de la más profunda desesperación, ataques de pánico injustificado y dosis maquiavélicamente pensadas de una cierta calma, entre infierno e infierno, para mantenerte con un hilo de vida, apenas el justo que te regalan los besos y la risa de tus hijos, la respiración asistida estrictamente necesaria para que _me imagino_ puedas seguir pagando la pensión.

Pero si malo es no disfrutar de la cercanía permante de los hijos, peor resulta _lo digo por experiencia_ pasar por el lugar de la nada y el vacío, el tiempo en que, de ya para ya, dejas de verlos hasta que un documento legal rubricado por un juez, que no te conoce a ti ni a ellos, ni lo pretende porque sirve a esa señora ciega que llaman justicia, te cambia _porque para eso ha estudiado, el tío_ el nombre de papá por el de padre-visitas. En mi caso fueron tres meses de suplicio desde que salí de la que un día llamé por error mi casa, como alma que lleva el diablo, hasta que, hecho una sombra de mí mismo, pude volver a abrazarlos, porque había sido autorizado por terceros _hay que joderse con las cosas de esta mierda de mundo_ a acercarme de nuevo a ellos.

Esa experiencia sin ellos, sin saber qué diablos iba a pasar, me pasó la factura de la única y auténtica depresión de caballo de mi perra vida. Se cumplió en mí, en tanto que padre, el tópico macabramente certero de que no se da el valor justo a alguien hasta que se pierde. Creí morir mil veces en esos tres meses del demonio. Quise morir otras tantas. El banco mundial de llanto, repentino, caudaloso y sin aparente causa, estuvo a punto de quebrar por mi inconsolable culpa, tantas fueron las lágrimas _de rabia, impotencia y sufrimiento hasta entonces desconocido_ que vertí en nombre de su infantil ausencia. Esa forma de muerte sin morirte.

La soledad más atroz. La más infame de las tristezas.

Por la ausencia de mis hijos conocí el lado oscuro del corazón, la verdad _que sólo él entiende_ de que si no ser amado es una putada, no poder amar es el peor de todos los infiernos.

 
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